Anécdota


Una tarde de marzo, hace diez años, acompañé a mi amiga Gema a su lectura de cartas mensual a la trastienda de Sandra. Llevábamos un rato al calorcito de la estufa, Sandra comentaba con reverencia las cartas que iban saliendo, Gema asentía absorta y yo disfrutaba de mi té a sorbitos, sin prestar mucha atención por lo que no sé muy bien cuándo ni cómo empezó el proceso que voy a intentar describir.

Gema le pedía explicaciones a Sandra sobre lo que acaba de decir y ésta con las manos crispadas sobre el tapete y los ojos en blanco repetía: no, no, no…

Mi amiga se levantó y le puso una mano en el hombro rompiendo el trance. Lentamente, Sandra nos miró con ojos soñadores, como si acabara de despertarse, no entendía que le había pasado.  Yo sonreía escondida tras mi taza de té, pensando en lo buena actriz que era, y en los euros de más que le iba a costar la actuación a Gema.

Sandra dijo que no podía seguir con la sesión, que continuarían otro día e intentó levantarse, pero volvió a sentarse enseguida, tapándose los oídos. Aquí es cuando empecé a pensar que no era una actuación, pues su cara normalmente colorada se había apagado, incluso tenía un tono verduzco y sudaba muchísimo, la larga y negra melena se le pegaba a la frente y al cuello como si saliera de la ducha.

Gema le ofreció un vaso de agua e intentó separarle las manos de las orejas, pero era imposible; con los ojos muy apretados no dejaba de balbucear. Con un grito rompió la tensión que se estaba generando y se desplomó sobre la mesa. Mi amiga habló de llamar a emergencias y yo intentando ser más práctica le sugerí que me ayudara a tumbarla en el sofá, cosa que hicimos no sin esfuerzo, y la tapamos con una manta.

No tardó mucho en reaccionar, volvió a despertarse desorientada. Gema la interrogó sobre lo que había visto. Sandra afirmó que no había visto nada que solo oía fuertes ruidos en su cabeza. Nos pidió que le acercáramos un bastoncillo de algodón, de los que tenía en un tarrito en el cuarto de baño, y empezó a rascarse con saña. Reconozco que, un poco bruscamente, le quité el bastoncillo de la mano, se había hecho sangre sin ser consciente. No podía incorporarse y empezó a sentir nauseas. Le mojamos la cara con una toalla húmeda, esperando que le aliviara el malestar.

Unas silenciosas lágrimas hicieron aparición convirtiéndose en un suave llanto que poco a poco aumentaba de intensidad y terminó sacudiéndola con grandes gemidos. No podíamos consolarla, Gema y yo nos turnábamos para abrazarla y limpiarle la cara, susurrándole palabras tranquilizadoras.

Cuando consiguió calmarse, nos agradeció que estuviéramos con ella en tan terrible situación, ya sabía lo que le pasaba, ahora sí, tenía una  visión en este caso sonora: Explosiones, chirrido de metales y gritos humanos.

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