Nuestro mismo idioma



NUESTRO MISMO IDIOMA 
(PREMIO NACIONAL DE NOVELA JOVEN JOSÉ REVUELTAS 2015)
ALEJANDRO ESPINOSA FUENTES

EDICIONES CONTRABANDO, 2017


Nº de páginas: 200
Encuadernación: Cartoné
Lengua: CASTELLANO
ISBN: 9788494610233







A pesar de su juventud, Alejandro nació en Ciudad de México en 1991, el autor nos regala una novela de aprendizaje muy adulta. Él la considera de desaprendizaje porque narra el viaje de un joven en busca de la inocencia de la niñez.
Nuestro mismo idioma, es una novela que, evitando los tópicos mexicanos, nos dibuja unas imágenes claras de la realidad del país. De las diferencias entre el norte, pegado a la frontera de EEUU y el sur. De la violencia que nunca es gratuita para el que la ejerce y el que la sufre, que siempre tiene un por qué. No es una novela sobre la violencia, pero es imposible hablar de México y no hablar de ella.
Dos historias bien trenzadas con personajes vivaces, coherentes y que, a pesar de la distancia física, nos resultan cercanos. Contada por un narrador en tercera persona que tan pronto se acerca a los protagonistas como se aleja de ellos para tomarse con humor sus situaciones.
Tomás acompaña a su abuela Marina a Saltillo, al norte de México, desencantado de su vida en Ciudad de México, busca la inocencia de la niñez en lugar de madurar y enfrentarse a su realidad. A Saltillo se ve obligada a regresar Itzel cuando el dinero familiar se acaba.
Me sorprende siempre la preocupación por el lenguaje idóneo para contar algo de los autores sudamericanos. El buscar la palabra exacta para que la lectura sea fluida, ágil y aun así profunda. A Alejandro se le nota el gran bagaje literario.
Me encanta el juego que Itzel hace con las palabras. Cuando algo no le gusta busca la palabra adecuada y la desmenuza inventándose una etimología más acorde a sus sentimientos.

Es una novela que se lee en un suspiro y se te queda pegada, haciéndote pensar durante mucho tiempo.

Todo esto te daré




TODO ESTO TE DARÉ (PREMIO PLANETA 2016)
DOLORES REDONDO

EDITORIAL PLANETA, 2016

Nº de páginas: 624
Encuadernación: Tapa dura
Lengua: CASTELLANO
ISBN: 9788408163176







Me enfrenté a esta novela un poco temerosa, no suelen gustarme las novelas que ganan el premio Planeta y yo había disfrutado mucho con la trilogía del Batzán.
En Todo esto te daré, seguimos al narrador mirando por encima del hombro de Manuel, el protagonista, que nos lleva al hospital, al funeral del que fuera su marido, Álvaro. Vamos desgranando su matrimonio y las vidas de los dos antes de conocerse. Nos presenta a su familia política y sus reacciones.
El suspense empieza en el primer momento, cuando a Manuel le notifican que ha muerto su marido, él pensaba que estaba en Barcelona y el accidente ha sucedido en Monforte, Lugo. ¿Qué hacía su marido allí? Nos sentimos confusos, enfadados y entristecidos con el protagonista.
La autora maneja muy bien los diálogos creando tensión, provocando en el lector las emociones contradictorias que siente el protagonista. La mayoría de las respuestas a sus pesquisas las obtiene a través de conversaciones con los personajes que conocieron a su marido.
El uso de las imágenes que habitan el inconsciente colectivo español facilita que el lector se sienta cómodo y disfrute de la lectura sin estridencias.
Sin querer desvelar la trama de la novela, sí que quiero quedarme con una idea que la autora pone en el pensamiento del protagonista: el no mirar a nuestro alrededor. Vivimos mirando hacia delante o nos miramos el ombligo, incapaces de ver lo que tenemos al lado.

Es una buena novela para una tarde de invierno, para deleitarse con las descripciones de la Galicia rural, acongojarnos un poco con las penas de los demás y disfrutar de un suspense bien hilado.

DOCTOR, DOCTOR


-Doctor, doctor… Me duele el brazo izquierdo.

-¿Qué lleva usted colgado en el brazo izquierdo?

-El bolso, la compra, el niño, los libros, las llaves de la casa y del coche, el reloj de mi madre, la muleta de mi suegra… La vida.

-Cambie algunas cosas al brazo derecho.

-Gracias doctor, ya no voy de lado, voy encorvada.

...
Dejar las llaves en un cajón, el niño con el padre, la compra que la traigan a casa, el reloj de mi madre se lo he regalado a mi hermana, he convencido a mi suegra de que no necesita muleta y los libros los abrazo por delante.

La emperatriz y los gusanos

Erase una vez, al principio de la primavera, en el hermoso jardín del Emperador Huang Ti.  La bella, Xi Ling Shi, aspiraba la perfumada brisa que provenía de la rosaleda, de pie en el umbral del palacio. No sabía donde ordenar que pusieran sus almohadones. Miraba en derredor buscando un agradable rincón a la sombra, no quería que su blanco cutis se oscureciera o manchara por efecto del sol, aunque deseaba que éste le calentara un poco después del crudo invierno que habían sufrido en Beijing. Finalmente encontró el sitio perfecto, bajo una gran morera en el centro de un claro. La luz del sol tamizada por las grandes y gruesas hojas, la confortaría sin arruinar su belleza. Se dirigió a pasitos levantando con cuidado las faldas plisadas de su shang y haciendo sonar delicadamente los cascabeles y piedras preciosas que adornaban los alfileres que sujetaban su complicado peinado. Se sentó con gracia recogiendo las anchas mangas bordadas del yi sobre su regazo. Cerró los ojos y levantó la cara disfrutando del momento de paz, escuchando los trinos de los pájaros que moraban en el jardín. Las damas de la corte real se acomodaron como pudieron a su alrededor, fingiendo tranquilidad y buenas maneras mientras peleaban en silencio por un sitio cerca de la huáng hòu, más o menos cómodo. Alguna terminó sentada sobre el blanco zhongyi para evitar ensuciar las faldas del hanfu. Un bermejo y orondo gato, regalo de un diplomático ruso, fue a enrollarse a sus pies, arañando la bonita caja lacada en negro y adornada con pequeñas flores de almendro donde la Emperatriz guardaba sus agujas de tejer. Ling Shi le hizo mimos, le dio un viejo ovillo de lana para que jugara y ella se dispuso a continuar con su labor, estaba tejiendo una faja de algodón amarillo para el hanfu ceremonial de su esposo. Otros dos gatos, mucho más estilizados, blancos con la cara y las manos grises, observaban, con sus penetrantes ojos azules, desde fuera del colorido círculo.
                        Sobre todos ellos, entre las hojas de la morera, tres gusanos se lamentaban de su condición. Andr era un delgado y gris ejemplar, las líneas negras que debían marcar las uniones de sus anillos estaban difuminadas. Andaba con dificultad y tenía problemas respiratorios. No comía, tenía alergia al único alimento disponible para ellos, las hojas de morera. Miraba a su alrededor con desprecio hacia las blancas y amarillas capsulas que los rodeaban, no tenía ninguna intención de convertirse en uno de ellos. Le daba mucho miedo a la muerte. Odiaba la vacuidad de su vida de gusano: nacer, comer, engordar, construir un capullo, renacer como mariposa, copular, poner huevos y morir, todo en menos de sesenta puestas de sol. Lus era hermoso, su piel de tonos dorados y verdes brillaba en cada sección. Se desplazaba arrastrándose ya que sus patitas no podían soportar el peso de sus anillos. Comía compulsivamente las hojas de morera, incluso ahora, reunido con sus amigos, roía la hoja que lo sostenía malamente. Ansiaba el momento de construir su propia pupa y lucir como mariposa. Aunque sentía mucha lástima del hecho de abandonar a su progenie. Y siempre estaba mirando al cielo, temeroso de que un pájaro lo viera y lo convirtiera en su merienda.
Con ojos llorosos escuchaba las penas de sus compañeros, Ton, una bonita oruga de tonos naranja y franjas grises. Con un par de pequeñas anomalías genéticas, unas protuberancias en la cima de la cabeza, ¡orejas!  Era el ejemplar perfecto de gusano de seda. Ni gordo, ni delgado, de suave piel y fuertes patas. Sano, seguramente sería capaz de convertir el almidón de las hojas de morera en la mejor dextrina para fabricar el capullo más blanco y fuerte de toda la colonia. Pero incapaz de empezarlo por miedo al fracaso. Nada más salir del pequeño huevo había soportado las risas y el rechazo del resto de sus congéneres exceptuando Andr y Lus. Siempre había sido distinto, un poco más grande que los demás, de colores más vivos. Podía comer tanto las hojas como las flores de su árbol de nacimiento.  Sus extrañas orejas tal vez le impedirían evolucionar, convertirse en una bonita polilla con sus cuatro alas cubiertas de suaves escamas. Y existía la posibilidad de transmitir su defecto a sus hijos. Eso si encontraba quien quisiera copular con él. Era su momento, lo sabía, no se decidía a tumbarse en la horquilla de una rama y empezar el proceso, pero la naturaleza y el instinto pueden más que la voluntad. Se despidió de sus amigos y se alejó buscando un rincón apartado.
                        La dulce Ling Shi pidió que les sirvieran el té. Los sirvientes repartieron pequeñas mesitas entre las damas para apoyar las delicadas tazas de porcelana y los platillos con dim sum rellenos de gelatina de almendra o de judía azuki. Al llegar las cocineras con las grandes teteras de cobre un delicioso olor a jazmín y azahar llenó el círculo de nobles amas. Debido a ello, o a la dulzura de los pastelillos, las mujeres se relajaron y subieron el tono de sus conversaciones llegando incluso a oírse alguna risilla escondida tras la mano extendida de una joven e inexperta dama. El gato de rojizo y largo pelo, ronroneaba y se contoneaba mendigando una caricia aquí, una golosina por allí. La misma emperatriz le sirvió medio dim sum de azuki mojado en su té, en un platillo de porcelana decorado con arabescos de oro puro. Mientras uno de los altivos siameses observaba la merienda con desprecio.
Un alboroto entre las ramas, sobre las bellas cabezas de las cortesanas, hizo caer flores y hojas. Con tan mala suerte que un blanco capullo amerizó en el té que Xi Ling Shi sostenía delicadamente entre sus manos. Un sirviente se dispuso a retirarle la taza, pero levantando una mano la Emperatriz lo interrumpió. A pesar de su juventud o tal vez por eso, la esposa del Emperador más poderoso del mundo, era muy curiosa. Le llamó la atención que parecía caramelo de barba de dragón, el dulce que su bǎo mǔ le hacía cuando era pequeña a base de hebras de azúcar. Introdujo un fino dedo en el té cogiendo un hilo y enrollándoselo, sorprendida por su resistencia y su brillo al sol. Pensó que un tejido con ese material sería resistente, flexible y brillaría. Podría hacer una faja mucho más bonita para su esposo que con el algodón que estaba trabajando. Pero era muy fino y comprendió que necesitaría hilar varias hebras para conseguir un grosor suficiente para tejer. Entusiasmada con la idea, mandó traer una olla grande llena de té y ordenó los sirvientes que subieran  a los árboles en busca de los suaves y blancos capullos. Bajo sus indicaciones las damas de la corte, deshacían cuidadosamente las cápsulas en el té caliente e iban desenredándolas mientras ella las iba hilando.
                        Uno de los gatos siameses bajó de la morera reuniéndose con su compañero, tosiendo, escupiendo y pasándose la mano por la cara y la lengua repetidamente. El otro lo miraba divertido. Era muy orgulloso para pedir dulces a las mujeres, pero no tenía tanta hambre como para comer gusanos.

No lejos de allí, posada sobre una rosa, una mariposa secaba sus nuevas alas, de bonitos tonos naranjas y franjas negras, al sol; mirándose y observando los sucesos a su alrededor, asombrada y admirada. 

Teresa

Las fundadoras de la ciudad encerrada entre montañas fueron dos hermanas que huían de la guerra. El viaje había sido rojo como el fuego, rojo como la sangre y no queriendo olvidar llamaron a la nueva ciudad como a la hermana que habían perdido por el camino: Teresa.

Las fundadoras tenían muchos seguidores, en el largo camino se habían unido a su rodada hombres y mujeres, jóvenes y viejos, heridos y fuertes, enfermos y vigorosos, soldados y labradores… las seguían porque a pesar de sus desdichas siempre sonreían, acariciaban y besaban a todo el mundo; consiguiendo que olvidaran sus males.

Las fundadoras crearon una sensual ciudad a su imagen. Voluptuosas mansiones se rozaban unas a otras en la ladera de la montaña, con suntuosos jardines de tipo inglés, llenos de enredaderas y emparrados que creaban discretos rincones apropiados para los jugadores. Los macizos de flores surgían en los caminos creando sinuosos senderos. Las estatuas de bronce, las abundantes fuentes y los setos podados artísticamente creaban espacios para el descanso, el juego y el disfrute general.

Las fundadoras recibían gente de todo el mundo que venían a conocer a su ciudad y a sus anfitrionas. Celebraban fiestas en los jardines y bailes en la plaza central. El vino era de buena calidad y los abundantes manjares se cocinaban con esmero. Nadie pasaba hambre y todos terminaban jugando por los rincones, ebrios de belleza y vino. Los sinuosos meandros que formaba el río al pasar por la ciudad tenían cenadores cubiertos con velos para hacer discretos los juegos.

Las fundadoras tuvieron hijas que heredaron la ciudad, pero no eran como sus madres y empezaron por poner vallas que separaban los jardines que convirtieron en parterres particulares con delimitaciones simétricas y caminos de grava rectos, donde ni una flor podía ser libre. La plaza de la ciudad antaño bulliciosa fue destruida, y reutilizaron las bellas columnas que sujetaban los soportales en un gran mazacote cuadrado donde se reunían a rezar.

Las fundadoras habrían evitado tener hijas si hubieran sabido que iban a prohibir los juegos en la calle. Más tarde fueron las faldas y blusas el objeto de regulación, debían tapar las rodillas e ir cerradas. Los extranjeros no eran bien vistos y debían tener una autorización para quedarse en el hotel que había en la villa. Cambiaron el cauce del río obligándolo a ir en línea recta.

Las fundadoras le habían regalado a la ciudad un estilo y una belleza que sus hijas fueron enjaulando, aunque lo peor aún estaba por llegar. Las nietas decidieron que las flores eran demasiado bellas para ser contempladas por los ojos humanos y mandaron arrancarlas y colocar ladrillos encima del césped. El juego fue totalmente prohibido incluso en la intimidad de los hogares. Se necesitaba un permiso especial para engendrar un hijo.
 
Las fundadoras habrían matado a sus propias hijas si hubieran siquiera imaginado que sus nietas obligaron a los habitantes de la ciudad a dividirse entre hombres y mujeres y vivir separados. Tapiaron las grandes ventanas que unían los hogares de los teresanos con la belleza del valle donde vivían. Prohibieron la visita de extraños y nadie podía estar en las calles después al oscurecer o antes del alba. Y todos debían confesar lo que habían hecho durante el día y rezar en el mazacote.

Las fundadoras lloraban en sus tumbas porque la gente iba abandonando la ciudad, el goteo que empezó con sus hijas se convirtió en un gran río con sus nietas. Poco a poco las hierbas se colaron entre las rendijas del enladrillado. El río volvía a su cauce natural formando curvas y la exuberante vegetación cubría las moradas abandonadas. Finalmente ya nadie vivía en el valle, teniendo la apariencia de un siglo atrás cuando una cruenta guerra desplazó a dos hermanas que encontraron un bellísimo sitio donde vivir.

Anécdota


Una tarde de marzo, hace diez años, acompañé a mi amiga Gema a su lectura de cartas mensual a la trastienda de Sandra. Llevábamos un rato al calorcito de la estufa, Sandra comentaba con reverencia las cartas que iban saliendo, Gema asentía absorta y yo disfrutaba de mi té a sorbitos, sin prestar mucha atención por lo que no sé muy bien cuándo ni cómo empezó el proceso que voy a intentar describir.

Gema le pedía explicaciones a Sandra sobre lo que acaba de decir y ésta con las manos crispadas sobre el tapete y los ojos en blanco repetía: no, no, no…

Mi amiga se levantó y le puso una mano en el hombro rompiendo el trance. Lentamente, Sandra nos miró con ojos soñadores, como si acabara de despertarse, no entendía que le había pasado.  Yo sonreía escondida tras mi taza de té, pensando en lo buena actriz que era, y en los euros de más que le iba a costar la actuación a Gema.

Sandra dijo que no podía seguir con la sesión, que continuarían otro día e intentó levantarse, pero volvió a sentarse enseguida, tapándose los oídos. Aquí es cuando empecé a pensar que no era una actuación, pues su cara normalmente colorada se había apagado, incluso tenía un tono verduzco y sudaba muchísimo, la larga y negra melena se le pegaba a la frente y al cuello como si saliera de la ducha.

Gema le ofreció un vaso de agua e intentó separarle las manos de las orejas, pero era imposible; con los ojos muy apretados no dejaba de balbucear. Con un grito rompió la tensión que se estaba generando y se desplomó sobre la mesa. Mi amiga habló de llamar a emergencias y yo intentando ser más práctica le sugerí que me ayudara a tumbarla en el sofá, cosa que hicimos no sin esfuerzo, y la tapamos con una manta.

No tardó mucho en reaccionar, volvió a despertarse desorientada. Gema la interrogó sobre lo que había visto. Sandra afirmó que no había visto nada que solo oía fuertes ruidos en su cabeza. Nos pidió que le acercáramos un bastoncillo de algodón, de los que tenía en un tarrito en el cuarto de baño, y empezó a rascarse con saña. Reconozco que, un poco bruscamente, le quité el bastoncillo de la mano, se había hecho sangre sin ser consciente. No podía incorporarse y empezó a sentir nauseas. Le mojamos la cara con una toalla húmeda, esperando que le aliviara el malestar.

Unas silenciosas lágrimas hicieron aparición convirtiéndose en un suave llanto que poco a poco aumentaba de intensidad y terminó sacudiéndola con grandes gemidos. No podíamos consolarla, Gema y yo nos turnábamos para abrazarla y limpiarle la cara, susurrándole palabras tranquilizadoras.

Cuando consiguió calmarse, nos agradeció que estuviéramos con ella en tan terrible situación, ya sabía lo que le pasaba, ahora sí, tenía una  visión en este caso sonora: Explosiones, chirrido de metales y gritos humanos.