Erase una vez, al principio de la
primavera, en el hermoso jardín del Emperador Huang Ti. La bella, Xi Ling Shi, aspiraba la perfumada
brisa que provenía de la rosaleda, de pie en el umbral del palacio. No sabía
donde ordenar que pusieran sus almohadones. Miraba en derredor buscando un
agradable rincón a la sombra, no quería que su blanco cutis se oscureciera o
manchara por efecto del sol, aunque deseaba que éste le calentara un poco
después del crudo invierno que habían sufrido en Beijing. Finalmente encontró
el sitio perfecto, bajo una gran morera en el centro de un claro. La luz del
sol tamizada por las grandes y gruesas hojas, la confortaría sin arruinar su
belleza. Se dirigió a pasitos levantando con cuidado las faldas plisadas de su shang
y haciendo sonar delicadamente los cascabeles y piedras preciosas que adornaban
los alfileres que sujetaban su complicado peinado. Se sentó con gracia
recogiendo las anchas mangas bordadas del yi sobre su regazo. Cerró los ojos y
levantó la cara disfrutando del momento de paz, escuchando los trinos de los
pájaros que moraban en el jardín. Las damas de la corte real se acomodaron como
pudieron a su alrededor, fingiendo tranquilidad y buenas maneras mientras
peleaban en silencio por un sitio cerca de la huáng hòu, más o menos cómodo. Alguna terminó sentada sobre el blanco zhongyi para evitar ensuciar las faldas del
hanfu. Un bermejo y orondo gato, regalo de un diplomático ruso, fue a
enrollarse a sus pies, arañando la bonita caja lacada en negro y adornada con
pequeñas flores de almendro donde la Emperatriz guardaba sus agujas de tejer. Ling
Shi le hizo mimos, le dio un viejo ovillo de lana para que jugara y ella se
dispuso a continuar con su labor, estaba tejiendo una faja de algodón amarillo
para el hanfu ceremonial de su esposo. Otros dos gatos, mucho más estilizados,
blancos con la cara y las manos grises, observaban, con sus penetrantes ojos
azules, desde fuera del colorido círculo.
Sobre
todos ellos, entre las hojas de la morera, tres gusanos se lamentaban de su condición.
Andr era un delgado y gris ejemplar, las líneas negras que debían marcar las
uniones de sus anillos estaban difuminadas. Andaba con dificultad y tenía
problemas respiratorios. No comía, tenía alergia al único alimento disponible
para ellos, las hojas de morera. Miraba a su alrededor con desprecio hacia las
blancas y amarillas capsulas que los rodeaban, no tenía ninguna intención de
convertirse en uno de ellos. Le daba mucho miedo a la muerte. Odiaba la
vacuidad de su vida de gusano: nacer, comer, engordar, construir un capullo,
renacer como mariposa, copular, poner huevos y morir, todo en menos de sesenta
puestas de sol. Lus era hermoso, su piel de tonos dorados y verdes brillaba en
cada sección. Se desplazaba arrastrándose ya que sus patitas no podían soportar
el peso de sus anillos. Comía compulsivamente las hojas de morera, incluso
ahora, reunido con sus amigos, roía la hoja que lo sostenía malamente. Ansiaba
el momento de construir su propia pupa y lucir como mariposa. Aunque sentía
mucha lástima del hecho de abandonar a su progenie. Y siempre estaba mirando al
cielo, temeroso de que un pájaro lo viera y lo convirtiera en su merienda.
Con
ojos llorosos escuchaba las penas de sus compañeros, Ton, una bonita oruga de
tonos naranja y franjas grises. Con un par de pequeñas anomalías genéticas,
unas protuberancias en la cima de la cabeza, ¡orejas! Era el ejemplar perfecto de gusano de seda. Ni
gordo, ni delgado, de suave piel y fuertes patas. Sano, seguramente sería capaz
de convertir el almidón de las hojas de morera en la mejor dextrina para
fabricar el capullo más blanco y fuerte de toda la colonia. Pero incapaz de
empezarlo por miedo al fracaso. Nada más salir del pequeño huevo había
soportado las risas y el rechazo del resto de sus congéneres exceptuando Andr y
Lus. Siempre había sido distinto, un poco más grande que los demás, de colores
más vivos. Podía comer tanto las hojas como las flores de su árbol de
nacimiento. Sus extrañas orejas tal vez
le impedirían evolucionar, convertirse en una bonita polilla con sus cuatro
alas cubiertas de suaves escamas. Y existía la posibilidad de transmitir su
defecto a sus hijos. Eso si encontraba quien quisiera copular con él. Era su
momento, lo sabía, no se decidía a tumbarse en la horquilla de una rama y
empezar el proceso, pero la naturaleza y el instinto pueden más que la voluntad.
Se despidió de sus amigos y se alejó buscando un rincón apartado.
La
dulce Ling Shi pidió que les sirvieran el té. Los sirvientes repartieron
pequeñas mesitas entre las damas para apoyar las delicadas tazas de porcelana y
los platillos con dim sum rellenos de gelatina de almendra o de judía azuki. Al
llegar las cocineras con las grandes teteras de cobre un delicioso olor a
jazmín y azahar llenó el círculo de nobles amas. Debido a ello, o a la dulzura
de los pastelillos, las mujeres se relajaron y subieron el tono de sus
conversaciones llegando incluso a oírse alguna risilla escondida tras la
mano extendida de una joven e inexperta dama. El gato de rojizo y
largo pelo, ronroneaba y se contoneaba mendigando una caricia aquí, una golosina
por allí. La misma emperatriz le sirvió medio dim sum de azuki mojado en su té,
en un platillo de porcelana decorado con arabescos de oro puro. Mientras uno de
los altivos siameses observaba la merienda con desprecio.
Un
alboroto entre las ramas, sobre las bellas cabezas de las cortesanas, hizo caer
flores y hojas. Con tan mala suerte que un blanco capullo amerizó en el té que
Xi Ling Shi sostenía delicadamente entre sus manos. Un sirviente se dispuso a
retirarle la taza, pero levantando una mano la Emperatriz lo interrumpió. A
pesar de su juventud o tal vez por eso, la esposa del Emperador más poderoso
del mundo, era muy curiosa. Le llamó la atención que parecía caramelo de barba
de dragón, el dulce que su bǎo mǔ le
hacía cuando era pequeña a base de hebras de azúcar. Introdujo un fino dedo en
el té cogiendo un hilo y enrollándoselo, sorprendida por su resistencia y su
brillo al sol. Pensó que un tejido con ese material sería resistente, flexible
y brillaría. Podría hacer una faja mucho más bonita para su esposo que con el
algodón que estaba trabajando. Pero era muy fino y comprendió que necesitaría
hilar varias hebras para conseguir un grosor suficiente para tejer.
Entusiasmada con la idea, mandó traer una olla grande llena de té y ordenó los
sirvientes que subieran a los árboles en
busca de los suaves y blancos capullos. Bajo sus indicaciones las damas de la
corte, deshacían cuidadosamente las cápsulas en el té caliente e iban desenredándolas
mientras ella las iba hilando.
Uno
de los gatos siameses bajó de la morera reuniéndose con su compañero, tosiendo,
escupiendo y pasándose la mano por la cara y la lengua repetidamente. El otro
lo miraba divertido. Era muy orgulloso para pedir dulces a las mujeres, pero no
tenía tanta hambre como para comer gusanos.
No
lejos de allí, posada sobre una rosa, una mariposa secaba sus nuevas alas, de
bonitos tonos naranjas y franjas negras, al sol; mirándose y observando los
sucesos a su alrededor, asombrada y admirada.